APOYO CONDUCTUAL POSITIVO Y TEA

“No hay nada que las personas con diagnóstico de TEA hagan que el resto de las personas no haríamos, al menos si estuviésemos en condiciones de estrés similares”

Rita Jordan, 2012

El Apoyo Conductual Positivo (ACP) es un enfoque para hacer frente a los problemas de conducta que implica remediar condiciones ambientales o déficits en habilidades (Carr, 1998). Actualmente, es considerada una técnica de intervención útil en el abordaje de los problemas de conducta, y especialmente para las personas diagnosticadas con Trastornos del Espectro Autista (TEA).

Existen numerosos estudios que avalan su eficacia, tanto en la reducción del % de conductas problemáticas como en la durabilidad de la eficacia (por ejemplo, Lucyshyn, Albin, Horner, Mann, y Wadsworth, 2007). Además, su efectividad también ha sido estudiada en población con desarrollo normotípico (por ejemplo, Närhi, Kiiski, Peitso, y Savolainen, 2015).

Una de las características principales del APC es que se basa en el respeto profundo hacia la dignidad de las personas, sus metas y sus intereses. Además, el objetivo del ACP no solo consiste en reducir el nivel de una conducta problemática, sino también en un cambio de estilo de vida. Es decir, en lugar de enfatizar la simple corrección de la conducta problemática, se hace hincapié en la modificación del contexto donde se encuentra el problema. Todo ello tiene lugar con carácter preventivo: no hay que esperar a que aparezcan los problemas de conducta. 

Este énfasis se refleja en la preocupación por la enseñanza sistemática y por el desarrollo de intervenciones multicomponentes a familiares, profesores, profesionales, etc., y cualquier persona que forme parte del contexto de intervención (Carr, 1998). Por tanto, para que pueda llevarse a cabo con éxito, precisa de la colaboración y trabajo en equipo de terapeutas, familiares y amigos (grupo de apoyo).

El Apoyo Conductual Positivo sostiene que las conductas están relacionadas con el contexto en el que se producen y, además, tienen una función concreta. Es decir la persona consciente o inconscientemente intenta conseguir algo con ella.  Uno de los aspectos que tiene en cuenta es, que la conducta de la persona puede no ser un problema para la persona que la realiza, aunque sí lo sea para su contexto (o personas de alrededor). De acuerdo con el ACP, las personas presentan conductas problemáticas porque no han adquirido las habilidades necesarias para conseguir ese mismo objetivo de una manera más funcional.

Así, el ACP parte del conocimiento de la persona y su circunstancia: historia personal, estilo de vida, contexto espacial y social, oportunidades y apoyos, gustos e intereses, miedos y fobias, fortalezas y virtudes, etc. A continuación, intenta responder a varias preguntas sobre la conducta (¿por qué?, ¿para qué?).

Es decir, el APC parte del Análisis Funcional de la Conducta (AFC) para, una vez analizada la conducta problema, poder enseñar conductas alternativas que sustituyan a las problemáticas y que tengan su misma equivalencia funcional, es decir, que sirvan para conseguir lo mismo que la conducta problemática. Sin embargo, uno de los aspectos importantes que tiene en cuenta este enfoque es que en los momentos de crisis (cuando la conducta está en “explosión”), las capacidades cognitivas disminuyen y no se pueden crear situaciones de aprendizaje (de ahí el carácter preventivo).

En las personas o niños/as con TEA, esta intervención pasa por enseñar habilidades comunicativas y de lenguaje, principalmente. Posteriormente, se debe valorar esa enseñanza y su efectividad. En resumen, las fases del APC son:

  1. Significatividad de la conducta. Detección de la conducta problemática por parte de cualquier profesional, familiar o persona del grupo de apoyo. Conductas que supongan o puedan suponer un problema para el bienestar emocional de la persona.
  2. Recogida de información. A través de entrevistas, cuestionarios y registros se recogerá toda la información necesaria para la valoración de la situación en el máximo número de contextos.
  3. Desarrollo de hipótesis funcionales. Se establecen las hipótesis que explican la conducta entre los profesionales y el grupo de apoyo (sucesos contextuales, antecedentes inmediatos, conducta problema y consecuencias).
  4. Diseño del plan de apoyo. Se diseña un plan de apoyo en el que se reflejan las metas que se quieren alcanzar y los aprendizajes que se deben potenciar (todo debe ser medible).
  5. Ejecución del plan de apoyo. El grupo de apoyo establece responsables para cada objetivo del plan y se lleva a cabo un seguimiento.
  6. Valoración del plan de apoyo. Se evalúa el plan mediante un informe de resultados. Se valorará la mejoría en función del cumplimiento de los objetivos planteados en el plan (según las metas establecidas) o la valoración positiva por parte de la propia persona o del grupo de apoyo.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Carr, E. (1998). El apoyo conductual positivo: filosofía, métodos y resultados. Siglo Cero, 29 (179), 5-10.
  • Lucyshyn, M., Albin, R., Horner, R., Mann, J., y Wadsworth, G. (2007). Family implementation of positive behavior support for a child with autism: longitudinal, single-case, experimental, and descriptive replication and extension. J Posit Behav Interv, 9,131–50.
  • Närhi, V., Kiiski, T., Peitso, S., y  Savolainen, H. (2015). Reducing disruptive behaviours and improving learning climates with class-wide positive behaviour support in middle schools. European Journal Of Special Needs Education, 30(2), 274-285. 
Alba Martinez

Neuropsicóloga Infantil y Maestra de Pedagogía Terapéutica

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