Estrategias para la intervención en los problemas de alimentación en niños con TEA

Los niños con diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA) suponen un reto para sus familias y requieren una dedicación especial por parte de su entorno, no solo en relación a los síntomas nucleares del trastorno, sino en relación a otras muchas dificultades que con frecuencia aparecen asociadas al mismo. Las alteraciones del sueño, los problemas de alimentación, las dificultades para jugar o la falta de autonomía son algunas de ellas.

Los problemas en la conducta alimentaria son muy frecuentes en los niños con TEA. Aunque las dificultades varían significativamente de un niño a otro, en general se pueden agrupar en tres categorías:

  1. Patrón de selectividad respecto a los alimentos: por ejemplo, rechazar comidas nuevas, dificultades para cambiar de texturas (dificultad en el paso del triturado al sólido), tendencia a eliminar de su dieta alimentos con determinados colores o temperaturas…etc
  2. Ingesta compulsiva: conducta de pica y tendencia a comer o beber grandes cantidades de alimentos y líquidos sin mostrar sensación de saciedad
  3. Hábitos pobres y presencia de conductas inadecuadas en los tiempos de comida: por ejemplo, oler y tocar los alimentos, dificultad para permanecer sentado, uso inadecuado de los cubiertos, etc.

Si bien los factores que condicionan y provocan estas dificultades son muy variados, existen ciertas características del funcionamiento psicológico de las personas con Autismo que influyen de forma notable en ellas. Por un lado, destaca el patrón de marcada hipersensibilidad estimular, que les hace ser extremadamente sensibles a algunas características de los alimentos como la textura, el color o la temperatura.

Por otro lado, los déficits en flexibilidad cognitiva pueden estar provocando el rechazo de algunos niños a comer en lugares distintos a su hogar, o utilizar cubiertos diferentes a los habituales, o cambiar de recipientes. Por último, las dificultades en los procesos de planificación y organización de la conducta pueden estar en la base de la ingesta compulsiva (Martos, J., Llorente, M., Gónzales, A., Ayuda, R. y Freire S., 2016).

 

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Los problemas en la conducta alimentaria requieren de una intervención específica en la que se ponen en marcha programas y estrategias concretas para evitar tanto su cronificación como las posibles consecuencias adversas en el estado nutricional del niño.

Siempre que existe alguna dificultad conductual, el primer paso a realizar es la elaboración de un registro en el que se apunten con precisión las dificultades concretas del niño. Se debe registrar con el mayor nivel de detalle posible, incluyendo qué alimentos tolera y hacia cuáles presenta preferencia especial, describiendo su textura y temperatura, lugares y entornos en los que presenta menos dificultades, conductas o posibles rituales que lleve a cabo durante la comida…etc.

Sólo una vez que se conoce esta información se puede elaborar un plan de intervención específico para las dificultades del niño en concreto.

Actualmente no existen recetas únicas ni estandarizadas para la intervención en trastornos de la alimentación en niños con TEA, sino que es necesario ajustarse a cada caso y cada situación particular. En este artículo tratamos de proporcionar estrategias y recomendaciones generales que son aplicables a la mayoría de casos:

  • Los tiempos de comida deben ser momentos agradables y libres de ansiedad: es fundamental para el éxito del programa que el momento de la comida no se convierta en una pelea constante entre el niño y el adulto. De ser así se condicionaría negativamente la situación y ambas partes asociarán ese momento a niveles elevados de frustración, ansiedad y malestar, dificultando enormemente la consecución de objetivos.

  • Introducir los cambios progresivamente, de tal manera que el nivel de esfuerzo, exigencia y cambio sean mínimos.

  • El adulto debe ser directivo, pero manteniendo una actitud tranquila y de confianza: los niños perciben la ansiedad del adulto y responden ante la misma con una mayor oposición hacia la comida.

  • Asegurar un entorno controlado y sin excesiva carga estimular: se debe controlar la carga estimular visual y auditiva, limitar la presencia de otras personas como hermanos, o compañeros, y asegurarse de que no haya objetos atractivos por la habitación para evitar que el niño trate de levantarse constantemente. La ubicación del niño en la mesa es también importante, dependiendo de si es tranquilo o tiende a levantarse.
  • En aquellos casos en los que ya existe un condicionamiento muy negativo hacia el entorno habitual de comida o hacia la persona que normalmente da de comer al niño, se debe plantear un cambio de condiciones ambientales. Siempre que sea posible, se debe tratar de “comenzar de nuevo” eligiendo otro lugar para la puesta en marcha del programa. Por esta razón, cunado los niños comienzan a asistir al colegio es adecuado apuntarles al comedor, ya que así se garantiza un entorno y personal nuevo todavía no condicionado negativamente.

  • Priorizar objetivos: no es recomendable tratar de abordar varios objetivos al mismo tiempo, ya que puede resultar desbordante tanto para el niño como para el adulto. Antes de comenzar, se debe realizar una jerarquía de objetivos.

  • Emplear apoyos visuales: es importante que el niño conozca qué comida se le va a ofrecer, en qué orden, y qué premio o recompensa recibirá por terminarla. Para ello es útil presentar fotografías o pictogramas que muestren dicha secuencia y la actividad gratificante a realizar después, y colocarlas en una esquina de la mesa donde estén visibles para el niño. A medida que vaya terminando cada plato, se le debe animar a que tache el dibujo o gire la fotografía correspondiente, para que perciba visualmente que cada vez quedan menos pasos para conseguir su premio. Es importante servir la comida en el mismo orden que muestran las fotografías.

  • Crear rutinas: se deben seguir de forma sistemática unas rutinas fijas que ayuden al niño a anticipar lo que va a ocurrir y qué se espera de él en cada momento. Inicialmente es importante que el lugar, la ubicación del niño en la mesa y los tiempos de espera sean lo más estables posibles. Posteriormente se irán modificando las condiciones y variando el entorno, ya que el objetivo final es que el niño coma adecuadamente en distintos lugares y con distintas personas.

  • Finalizar el tiempo de comida mostrando el plato vacío al niño: el estímulo o clave que debe marcar que la comida se ha terminado debe ser el plato vacío. Así, el niño aprenderá que se acaba de comer cuando no queda nada en el plato, y no cuando él decide que no quiere seguir comiendo.

    Para reforzar esa asociación es importante que colabore toda la familia, levantándose de la mesa únicamente cuando no queda nada en el plato. Para asegurarse de que puede comer todo lo que hay en el plato se debe ajustar la cantidad de alimento al apetito habitual del niño, y limitar más la cantidad en aquellos alimentos ante los que muestra mayor rechazo. La consistencia y sistematicidad son fundamentales en la aplicación de esta regla.

  • Evitar que el niño tenga acceso a sus alimentos favoritos en los momentos previos a la comida: tratar de garantizar que el niño llega al momento de la comida con apetito para facilitar la introducción de los alimentos nuevos.

  • Ritmo tranquilo: evitar meter prisa al niño o llenar su boca en exceso para forzar que mastique o trague. Como regla general, únicamente ofrecer otra cucharada cuando la boca del niño esté totalmente vacía.

Referencias:

– Equipo DELETREA. Martos Pérez, J., Llorente Comí, M., González Navarro, A., Ayuda Pascual, R., y Freire, S. (2016). Los niños pequeños con Autismo: soluciones prácticas para problemas cotidianos. Madrid: Editorial CEPE

– Baratas, M., Hernando, N., Mata, M.J. y Villalba, L. Guía de intervención ante los trastornos de la alimentación en niños y niñas con trastornos del espectro del autismo (TEA). Federación Autismo Madrid.

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