LOS PROFESIONALES EN LA EDUCACIÓN DE LAS NIÑAS CON AUTISMO

En los centros educativos, muchas niñas con autismo atraviesan su escolaridad sin ser identificadas. A pesar de convivir con enormes dificultades en el ámbito emocional, social y comunicativo, suelen pasar desapercibidas por su capacidad para adaptarse a las normas, mantener buenos resultados académicos y no generar alteraciones visibles en la dinámica del aula. Esta invisibilidad no responde a una falta de necesidades, sino a la forma en la que estas niñas han aprendido a sobrevivir en un entorno que no ha sido diseñado para reconocerlas. Durante años, el modelo clínico y educativo del autismo ha estado centrado en los perfiles más visibles, generalmente asociados a niños con conductas externalizantes.

Este sesgo ha contribuido a que las niñas autistas, especialmente aquellas con alta capacidad cognitiva y un fuerte sentido del deber, queden fuera del radar. Muchas de ellas desarrollan sofisticadas estrategias de camuflaje: imitan, copian conductas sociales, controlan sus expresiones, modulan su lenguaje para parecer “normales”. Pero este esfuerzo continuo no es sostenible. Terminan exhaustas, confundidas y, a menudo, gravemente afectadas en su salud mental.

El profesorado, sin herramientas específicas para detectar estos perfiles, suele interpretar esta aparente adaptación como una señal de bienestar. Pero la ausencia de conflictos no debe confundirse con la ausencia de sufrimiento. De hecho, uno de los errores más frecuentes es considerar que si una niña se comporta de forma educada, colabora y obtiene buenas notas, entonces no necesita atención especial. Lo que se ignora es que muchas de estas niñas están sosteniéndose con un sobreesfuerzo diario, al límite de sus capacidades emocionales. Además, el espectro autista en las niñas no se presenta de forma homogénea.

Las investigaciones y la experiencia clínica han descrito un continuo de expresión conductual que va del perfil explosivo al inhibido. Las niñas pueden fluctuar entre estos extremos dependiendo del contexto, la etapa vital o el nivel de estrés acumulado. Algunas comienzan su vida escolar con conductas desafiantes y visibles, que con el tiempo se van modulando hasta transformarse en inhibición, mutismo o desconexión. Otras, por el contrario, inician con inhibición leve que va sofisticándose hasta convertirse en un camuflaje casi perfecto, acompañado de perfeccionismo extremo y autovaloraciones negativas.

Esta evolución conductual suele interpretarse como una mejora, especialmente cuando desaparecen las expresiones de malestar más disruptivas. Sin embargo, en muchos casos lo que realmente ocurre es una interiorización del dolor, que deja de manifestarse hacia fuera para volverse silenciosamente destructivo hacia dentro. Es crucial que el profesorado aprenda a identificar no solo las conductas visibles, sino también los indicadores más sutiles: la evitación social, el perfeccionismo rígido, el rechazo a la exposición oral, las somatizaciones frecuentes o el aislamiento emocional.

Para realizar una intervención adecuada, se requiere una mirada profunda y empática, capaz de ver más allá de la conducta aparente. El primer paso es cuestionar los estereotipos que históricamente han asociado lo femenino con la docilidad, la obediencia y la contención emocional. Estos estereotipos hacen que muchas señales de alarma pasen inadvertidas. Además, es imprescindible incluir una perspectiva de género en la evaluación psicopedagógica, considerando los matices del autismo femenino y sus modos de expresión menos visibles.

La intervención debe centrarse en el bienestar emocional y la autenticidad personal. No se trata de forzar la adaptación a un modelo normativo, sino de crear espacios donde estas niñas puedan expresarse sin miedo, equivocarse sin ser juzgadas, y encontrar apoyos reales en su entorno. Las estrategias deben incluir trabajo emocional, habilidades sociales desde la comprensión, acompañamiento individualizado y, sobre todo, respeto por su ritmo, su forma de comunicarse y de estar en el mundo.

Solo una escuela que vea más allá de la conducta, que entienda el impacto del silencio forzado y del esfuerzo constante por encajar, podrá ofrecer a estas niñas la oportunidad de crecer sin tener que camuflarse para ser aceptadas. El desafío es grande, pero también lo es la responsabilidad de transformar la educación en un espacio donde todas las infancias, sin excepción, puedan ser reconocidas, comprendidas y acompañadas desde su autenticidad.

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BIBLIOGRAFIA

– María Merino Martínez y colaboradores, (2022). “Mujeres y Autismo. La identidad camuflada. Capítulo 9. El papel de los profesionales en la educación”

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