En el año 1993, la OMS (Organización Mundial para la Salud) estableció una enumeración de aptitudes que definió como “habilidades para la vida”. Se trataba, recogía en aquel momento, de “aptitudes necesarias para tener un comportamiento adecuado y positivo que nos permita enfrentar eficazmente las exigencias y retos de la vida diaria”.

El manejo de emociones, del estrés, la comunicación asertiva, la empatía, el manejo de conflictos, la toma de decisiones, etcétera, son algunas de las aptitudes que se contemplan entre estas habilidades, y de las que ya les hemos hablado en artículos anteriores. Sin embargo, hay otro tipo de aptitudes y conocimientos que los niños y niñas necesitan adquirir, igualmente para la vida diaria, pero que no tienen tanto que ver con lo emocional y sí más con lo fisiológico. (Aunque, en parte, todo desarrollo, por muy físico que sea, lleva asociado una importante vinculación a lo emotivo). Pongamos un caso práctico: un menor de tres años que adquiera un conocimiento por vía emocional; por ejemplo, que aprenda los animales viéndolos en su entorno natural, asimilará mejor esos conocimientos que si lo intenta adquirir a través de ‘fichas’ o mediante un aprendizaje únicamente cognitivo.

Con las habilidades fisiológicas sucede de manera similar; de ahí la importancia de respetar los tiempos y las emociones de los niños y niñas cuando se enfrentan a esta situación. En el caso concreto de menores con Espectro Autista (TEA) aún debe hacerse más hincapié en respetar el cómo se siente el niño/a, en lugar de tener en cuenta solo el cómo lo está haciendo.

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Durante los tres primeros años de vida, los niños y niñas adquieren la mayoría de esas habilidades fisiológicas de la vida diaria de las que le vamos a hablar a lo largo de los dos próximos artículos.

Estas habilidades están relacionadas con el sueño: aprender a dormirse solo, las fases del sueño (Insertar hipervínculo:https://tajibo.org/autismo/alteraciones-sueno-autismo/) -la autora Rosa Jové lo explica muy bien en su libro Dormir sin lagrimas, en el que desarrolla las diferentes fases del sueño infantil y explica su método, opuesto al ya caduco método Duérmete niño, del doctor Eduard Estivill-; con la alimentación (Insertar hipervínculo: https://tajibo.org/autismo/alimentacion-tea-autismo/) y el aprender a comer solo, a usar los cubiertos, etcétera. El control de esfínter y las actividades relacionadas con la higiene personal, desde peinarse a cortarse las uñas, son otras de las habilidades incluidas en este apartado y de las que les hablaremos más en profundidad en el segundo artículo de esta serie.

¿Qué ocurre cuando un niño o niña con TEA debe adquirir estas habilidades? Principalmente que les cuesta un poco más y por ello se recomienda multiplicar las estrategias. Establecer rutinas, si bien es imprescindible en el aprendizaje para cualquier niño, en este caso aún es más importante, puesto que estas rutinas ayudarán al infante a establecer tiempos, a anticipar qué viene después ofreciéndoles un plus de seguridad. Una estrategia muy práctica y eficaz es la de elaborar con ellos/as paneles visuales en los que los pequeños/as puedan identificar estas tareas cotidianas. Se trata de una agenda visual, que puede acompañarse de flechas que indiquen en qué momento se está, en las que aparece el niño/a en estas actividades diarias. Se puede realizar con sus propias fotografías o con dibujos, o incluso con la representación de un objeto. Un sol para despertarse, un peine para peinarse, un tazón de leche en el desayuno, la ropa para vestirse… Así, mediante el juego y la ayuda visual, el niño/a identifica qué debe hacer.

La hora de dormir

El sueño es uno de los temas que más preocupa a los padres y madres en la primera infancia. En el caso de los niños con TEA es frecuente que presenten dificultades extras para conciliar el sueño y que respondan ante este problema con una actitud casi a la defensiva. Resistencia a irse a la cama, comportamientos relacionados con el insomnio, despertarse muy temprano, sensación de quedarse dormido durante el día y, sin embargo, amagos de levantarse por la noche, ganas excesivas de querer comer, beber, jugar… en el momento en el que debería dormir y pautas de miedo o rechazo a la oscuridad son algunas de las señales que estos niños/as desarrollan vinculados con el miedo.

Además de la agenda visual, como hemos anticipado, la creación de la rutina del sueño es fundamental. Nos ponemos el pijama, nos lavamos los dientes, leemos un cuento, apagamos la luz, dormimos… Establecer un orden siempre igual ayuda a definir que se trata del momento de dormir. Además estas rutinas ayudarán al pequeño/a a integrarlo de una manera emocional; debemos de huir de las órdenes verbales para centrarnos en la asociación, ya que favorecerá su aprendizaje.

Estas rutinas deben ser cortas y terminarlas antes de que el niño se aburra; se trata de una estrategia que también sirve a la hora de jugar; es mejor recoger el juguete antes de que el niño se aburra de él, porque así ayudará a que el niño colabore a guardarlo para sacar otro juguete y a que tome cada nueva actividad con una energía y ánimo renovado y expectante. En esa línea también ayuda que las actividades más motivadoras, y también las más difíciles, se realicen en primer lugar, para terminar el día, cuando más cansado está, con las actividades más relajantes. Si por ejemplo finaliza la jornada con el juguete que más le gusta y acelera, será más difícil que pueda conciliar el sueño, mientas que, sin embargo, si lo empieza con esa actividad motivadora y deja en ella sus mayores energías, poco a poco él mismo se irá cansando y su propio cuerpo, con el consecuente agotamiento, lo ayudara a dormirse.

¡A comer!

Las habilidades relacionadas con la alimentación son, junto al sueño y al cuidado e higiene personal, las que más mantienen en vilo a los progenitores. Hacer ejercicio físico, acorde a su edad -puede ser disponer de juego y espacios libres para el gateo o para correr-, así como alimentarse de manera saludable estarán relacionados con la actitud del niño/a y con sus ganas y facilidad para dormir.

Una de las características que se relaciona con los niños y niñas diagnosticados de TEA es que a veces presentan ciertas restricciones a la hora de elegir los alimentos que desean. Es frecuente, por ejemplo, que a veces se nieguen a probar alimentos nuevos, así como que seleccionen y separen unos alimentos de otros, en base a por ejemplo su aspecto físico. Puede ayudarlos estrategias tan sencillas de realizar como ofrecerles siempre los mismos cubiertos y vajilla o presentarles de una manera ordenada y clara los alimentos. Los niños con espectro autista suelen presentar bastante sensibilidad a las sensaciones y aspectos como el color, la temperatura o la textura de los alimentos provocarles rechazo.

La paciencia es el primer elemento que se debe adquirir por parte de los progenitores a la hora de alimentar a los hijos/as, aceptando que al principio lo más probable es que rechace el alimento. Es importante no forzar, sino ir poco a poco abriendo las opciones. Es mejor introducir un alimento nuevo cada día o cada varios días a ofrecerle varias novedades diferentes en el mismo momento. Lo ideal es acompañar un alimento nuevo de otro que sabemos que le gusta, ya que así aumentará su seguridad. En esa introducción de alimentos es preferible presentárselos o elegirlos, dentro de lo posible, con características similares a otros que ya le gustan.

La imaginación también puede ser una buena aliada y ayudarlo con historias y personajes -el ‘avioncito’- es una estrategia que sigue funcionando a lo largo de muchas generaciones. Y si finalmente prueba el alimento, no viene de más una felicitación. En definitiva, acompañar cada nuevo aprendizaje de ese necesario respaldo afectivo.

 

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