No es la primera vez que comentamos la importancia de las funciones ejecutivas, funciones cognitivas complejas que nos definen como seres sociales y que nos permiten planificar y tomar decisiones adecuadas, y que tienen su sede central en la corteza prefrontal. Sin ellas, nos es imposible planificar o llevar a cabo acciones novedosas o un poco complejas, es decir, todas aquellas que no tenemos automatizadas. Es evidente que estas funciones resultan fundamentales en el desarrollo académico y personal del alumno.
En este enlace podemos ver un video bastante explicativo al respecto:

https://youtu.be/FxXjxpPrXgI

Estas funciones, como ya comentamos, se encuentran alteradas en los alumnos con diversas alteraciones del desarrollo, tales como TDA, dislexia o TEA. El síndrome por excelencia que aparece como resultado de un mal funcionamiento de las funciones ejecutivas es el llamado Síndrome disejecutivo o síndrome frontal. Pero todos nosotros podemos ver mermadas nuestras capacidades en esta área, en situaciones de estrés, tristeza, soledad o una mala condición física. De hecho, en una situación de estrés se pueden manifestar síntomas parecidos a los asociados al TDAH debido a la dificultad para pensar con claridad o ejercitar el adecuado autocontrol (Diamond y Ling, 2016).

Pero la función ejecutiva no es una única entidad, sino que está compuesta de varias funciones que se interrelacionan. Veamos cuales son:

Inhibición. Frente a la impulsividad, es la capacidad para interrumpir nuestra propia conducta física o cognitiva, como pensamientos o actividad mental. Esta capacidad de “frenar” sobre la marcha es imprescindible en nuestro día a día.

Cambio. La capacidad para pasar de una actividad a otra es más compleja de lo que parece. Implica al resto de funciones y es imprescindible para responder adecuadamente a las situaciones diarias, puesto que la mayoría de las veces nuestras actuaciones son “improvisadas”. Si esto falla, nuestro comportamiento se percibirá como automatizado o artificial, y los cambios de actividad nos producirán ansiedad y en muchas ocasiones, reacciones emocionales asociadas.

Control emocional. Es la capacidad para modular respuestas emocionales, a través de pensamientos que pongan cota a reacciones emocionales. Si esta capacidad se altera, nuestra conducta se vuelve desadaptativa y nuestras emociones nos desbordan y toman el control.
Iniciación. Es la capacidad para comenzar una tarea o actividad, muy importante en resolución de problemas que pueden ser de la vida cotidiana, como hacer los deberes o preparar una comida.

Memoria operativa. Retener la información en nuestra mente de forma temporal es imprescindible para llevar las acciones que sean necesarias para llegar a una meta. Es la clave de nuestra voluntad y si esta capacidad se altera, nuestra conducta volitiva se torna mermada, de manera que nos vemos incapaces de llegar a la finalidad de nuestras acciones.

Planificación. Además de recordar los pasos a seguir para alcanzar una meta, debemos secuenciar esos pasos, planificar nuestra acción. Si esta capacidad se encuentra dañada, realizaremos acciones sin orden ni secuencia, y seguramente no consigamos nuestro objetivo.

Organización. Es la capacidad para poner orden en el trabajo, en el juego y tiempo libre y en los espacios dedicados al almacenamiento.
Seguimiento de uno mismo. Tras cualquier acción de la vida cotidiana, hay un “director de orquesta”, un supervisor que se cerciora de que todo está realizándose como corresponde. Es una importante función ejecutiva que mide o evalúa nuestras realizaciones según lo que se necesita o espera.

Todas ellas, en su conjunto, hacen posible un funcionamiento adaptativo y autónomo, ya que operan como un sistema de autocontrol y guía en el desempeño de conductas intencionadas, a través de las habilidades que posibilitan:

a) la memoria operativa que permite tener en mente y de manera activa la información mientras se trabaja en una tarea, es decir, mantener la información, manipularla y actuar en función de ésta.
b) La interiorización del habla que permite a uno desarrollar un lenguaje interno que nos permite auto indicarnos reglas e instrucciones, así como autorregular la conducta, logrando así frenar la impulsividad y organizar de manera óptima nuestra conducta.
c) la autorregulación de emociones, conducta y motivación hacia una meta.
d) la flexibilidad mental que nos ayuda a adaptar el comportamiento a los cambios que puedan producirse en el entorno, así como a la capacidad de ser creativos y combinar nuevamente los distintos componentes para lograr nuevas acciones.
e) La anticipación de sucesos y consecuencias.

Es fácil deducir las consecuencias que en la vida cotidiana tiene no contar con estas habilidades. Ya que afecta a todos los ámbitos de la vida, podemos encontrar una dificultad para centrarnos en una tarea sin necesidad de control externo, un comportamiento rígido, perseverante o estereotipado, dificultades en el establecimiento de nuevos repertorios conductuales, limitaciones en la productividad y la creatividad…. Es, en definitiva, uno de los factores más importantes en el comportamiento social disfuncional.
De todo ello se desprende la importancia del entrenamiento explícito en estas habilidades desde corta edad, a través de programas específicos especialmente dirigidos a tal fin.

Bibliografía

– Rehabilitación neuropsicológica: intervención práctica y clínica. Barcelona: Elsevier Masson, 2011.
– Moraine, Paula (2014). Las funciones ejecutivas del estudiante. Madrid: Narcea.
– Sigman, Mariano (2015). La vida secreta de la mente: nuestro cerebro cuando decidimos, sentimos y pensamos. Buenos Aires: Debate.