La atención temprana (AT) en el autismo se muestra como una condición necesaria para alcanzar una buena calidad de vida en los años posteriores, al igual que en muchos otros trastornos y condiciones. La atención temprana se describe como el conjunto de intervenciones dirigidas a la población infantil de 0 a 6 años, a la familia y al entorno que tienen el objetivo de dar respuesta a las necesidades de niños con trastornos del desarrollo o riesgo de padecerlo (GAT, 2000).

La importancia de la AT se debe en buena parte al creciente aumento de la incidencia y prevalencia de estos problemas, principalmente de los trastornos generalizados del desarrollo (entre los cuales el más relevante es el autismo), trastornos de déficit de atención y comportamiento perturbador, retrasos madurativos, etc. En esta línea, los datos de estadísticas nacionales señalan que entre un 6 y un 8 por ciento de todos los niños menores de 6 años presentan trastornos o problemas importantes que influyen en su desarrollo normal (García-Sánchez y Mendieta, 2006).

Sin embargo, al hablar de atención temprana debemos tener en cuenta dos pilares fundamentales, el contexto familiar y el entorno. Es necesario actuar pronto e intensivamente sobre el niño o niña, sí, pero no tiene sentido hacerlo sin contar con su familia o sin modificar los entornos según sus necesidades y requerimientos.

Aunque contamos con señales de alerta, el hecho de que carezcamos de predictores fiables durante el primer año de vida retrasa de forma importante y especifica la atención temprana en los niños con autismo. A pesar de ser muy deseable y necesaria la detección temprana, en la práctica resulta sumamente difícil, y a muy pocos niños con sospecha de TEA se les deriva a servicios especializados antes de los 3 años de edad.

Algunos de los signos de alerta precoces, a modo ilustrativo, son:
– Reducción y/o uso poco frecuente de lenguaje para la comunicación, como por ejemplo el uso de palabras sueltas, aunque sea capaz de hacer oraciones.
– Retraso o ausencia de respuesta a su nombre cuando se le llama, a pesar de que su audición sea normal.
– Reducción o ausencia de sonrisa social en respuesta a los demás.
– Reducción o ausencia de respuesta a las expresiones faciales o a los sentimientos de otras personas.
– Respuesta negativa a las peticiones de los demás.
– Rechazo de las caricias iniciadas por el padre o cuidador.

Ahora bien, aunque de las características que permiten un diagnóstico son poco evidentes en los primeros años de vida, no es algo que deba impedir comenzar a intervenir en esos momentos. Las investigaciones realizadas en el ámbito de las neurociencias han permitido realizar comprobaciones empíricas que fundamentan la necesidad de intervención temprana y la importancia del aprovechamiento de las primeras etapas del desarrollo, debido a las posibilidades plásticas de sistema nervioso.

Por ello, es necesario trabajar con las dimensiones que están más claramente relacionadas con el diagnóstico del autismo, enumeradas de la siguiente forma según Autismo Andalucía:
• Dificultades en la reciprocidad socioemocional, es decir, problemas para compartir intereses o emociones, o responder a ellas, o dificultades a la hora de interactuar socialmente con los demás.
• Problemas en la comunicación no-verbal, como contacto ocular o uso de los gestos anómalo o problemas en su comprensión.
• Limitaciones en el mantenimiento de las amistades o falta de interés en otros niños y niñas.
• Conductas, habla o uso de objetos repetitivos o estereotipados.
• Falta de flexibilidad y adhesión a pautas de conductas concretas, rutinas o rituales, tanto verbales como no verbales.
• Intereses altamente restringidos y anómalos en su intensidad.

• Hipo o híper-reactividad ante determinados estímulos o intereses muy centrados en algunos aspectos del entorno.
Sin embargo, hay que tener em cuenta los diferentes contextos, de modo que no sólo es importante obtener información acerca del comportamiento en el contexto familiar, sino que esta observación se amplía hacia otros contextos, como por ejemplo el contexto escolar, que en la etapa de educación infantil ya comienza a cobrar importancia: ¿Cómo interactúa con iguales?, ¿juega?, ¿interactúa de forma espontánea? son cuestiones que tenemos que tomar como referencia en este contexto. Son útiles las observaciones guiadas a través de protocolos y rubricas y escalas de observación, como pueden ser el ADOS (Lord, Rutter, DiLavore y Risi, 2000) o el Inventario de Espectro Autista (IDEA) (Rivière y Martos, 1997), las cuales deben usarse de forma complementaria con evaluaciones del desarrollo funcional.

El objetivo fundamental de atención temprana en el autismo es facilitar al niño la posibilidad de interacción con su medio, estimulación ambiental y socio-afectiva en cantidad y calidad óptimas para su desarrollo, respetando el ritmo evolutivo y el nivel de maduración de su sistema nervioso (García-Sánchez y Mendieta, 2006).

Debido a su interdisciplinaridad, los programas de intervención de este tipo son complejos, y deben diseñarse en función de las necesidades del niño y de su familia, como veremos en próximas publicaciones.